10 de noviembre de 2011

ESPECIAL




Aiquile celebra el último día del Festival del Charango
Elogio del charango, un instrumento mágico
Transcurridos 28 años de la feria y festival y nueve del festival internacional de intérpretes del charango, estos eventos gozan de buena salud y se proyectan con fuerza vital, convocando a miles de visitantes, espectadores y turistas que se han dado cita en la remozada y hospitalaria ciudad de Aiquile.

Walter Gonzales Valdivia

IDEA VISIONARIA.
Inspirados en la máxima del gran Franz Tamayo de que “el charango no es una piedra que ríe ni llora, sino un instrumento multifacético y de grandes luces y que representa el alma nacional de Bolivia”, en 1984, un grupo de jóvenes aiquileños denominados “Jark’iris”, con una determinación visionaria y con la colaboración del Centro de Residentes Aiquileños en La Paz, además de otras personalidades notables de esta tierra, organizaron la Primera Feria y Festival del Charango, constituyendo este suceso cultural un hecho fundacional que sin duda perdurará en el tiempo y el espacio.

Según los pioneros de la reivindicación del charango, el objetivo central era incentivar la incursión de nuevos valores en la interpretación del instrumento y promocionar la producción artesanal de charangos, puesto que los que se fabricaban y fabrican en Aiquile son famosos por la calidad de su hechura y el uso de maderas finas y preciosas.

 ¿QUÉ ES EL CHARANGO?
Según investigaciones, el charango es un cordófono criollo que nace después de la conquista española. Fue el ingenio de los nativos el que, modificando la antigua guitarra o vihuela, dio origen a este singular instrumento. La disputa de la cuna del charango fluctúa entre Potosí y Chuquisaca, las principales ciudades influidas por la economía de la explotación de la plata durante la Colonia. El charango habría aparecido a mediados del siglo XVII, según referencia de un canónigo de Tupiza, Potosí, quien escribió que “los indios usan con igual afición de guitarrillas, que por acá llaman charangos”.

ORIGEN DEL CHARANGO.
Las crónicas describen que el charango ha nacido de la persistencia del arte n a - tivo y la presencia de la vihuela, instrumento musical de Europa, que había llegado con el apogeo de Potosí, que en el siglo XVI atrajo con la riqueza de la plata a mucha gente foránea y también a músicos que alegraban serenatas y festines al son de sus guitarras y vihuelas de mano, al que apreciaban los nativos porque les alegraban en sus manifestaciones culturales y rituales.

De este encuentro, nace el charango con sus características tan particulares que en el transcurrir del tiempo conforman una personalidad que se quedará hasta nuestros días, como fiel expresión del sentimiento nativo.

DE LA VIHUELA AL CHARANGO.
La vihuela de mano española, sufrió una maravillosa transformación en manos de hábiles artesanos que habitaban las provincias Chayanta y Bustillos, más propiamente en las poblaciones: Colquechaca, Ocurí, Pocoata, San Pedro de Buena Vista, Caripuyo, Uncía y otras, quienes adecuaron un sistema propio de cordaje y ejecución. Según el radialista, Alfredo Soliz Bejar, los artesanos nativos lo llamaron “chayancu”, por su origen en la región de Chayanta, pero también “ch’ajwacu” por ser bullicioso.

Años más tarde derivó en la palabra charanga y finalmente charango. El instrumento extendió su influencia a los poblados vecinos y tuvo su mayor difusión en estas regiones, debido a que, tras la conquista, los españoles erigieron el templo de San Miguel de Uncía, donde se celebró una de las primeras festividades religiosas del Alto Perú, hoy Bolivia, aproximadamente en 1565.

Todo este proceso, según el mismo Soliz Bejar, es respaldado por los cronistas de la época que se refirieron a las “Sirenas charanguistas”, esculpidas en la portada del templo de San Lorenzo de Potosí, cuya construcción data de 1547 y su reconstrucción en 1728, así como la de Salinas de Yocalla, esculpida en 1748 con las mismas características.

SIRENAS CHARANGUISTAS.
El investigador Andrés Eduardo Orías plantea una singular explicación sobre el origen de mito de las sirenas en el mundo antiguo (Creta y Grecia) y su posterior recepción en el mundo andino. El investigador mencionó el caso de Potosí y Chuquisaca, donde existen templos en cuyos frontis hay esculpidas inconfundibles sirenas, recreadas por la imaginación de los artistas indígenas bolivianos. Lo singular es que las sirenas aparecen pulsando charangos. Orías remata su trabajo de investigación con un mensaje poético: “Desde el frontis de San Lorenzo, en Potosí, o desde el retablo de La Merced, en Sucre, las sirenas charanguistas nos observan con su música que sostiene los astros y da armonía a los cuerpos celestes. Es tiempo de que las escuchemos”.




Un instrumento que trascendió fronteras
Culto del charango

El extinto periodista y principal impulsor de la cultura popular cochabambina, Alfredo Medrano Rodríguez, más conocido por su pseudónimo de Urbano Campos, describió al charango como el fiel compañero de los arrieros en sus caminatas interminables, cruzando punas, valles y llanos, bajo lunas radiantes y soles estivales; pícaro, travieso y bullanguero en manos de los cholos artesanos perturbando la paz aldeana con sus parrandas de buen picante y mejor chicha.

Al final, en buen romance, un típico mestizo que no podría negar la confluencia en su sangre del torrente indígena y del torrente hispano de los conquistadores, que llegaron al Alto Perú con caballos y arcabuces, la espada y la cruz, pero también, con guitarras y vihuelas, para aliviar el tedio existencial de la vida. Trotamundos. Fue Calderón Lugones el que dijo que el charango es un instrumento “por antonomasia hualaycho y trasnochador”.

Según Urbano Campos, el charango, como prodigioso pero bastardo hijo del ingenio humano, nació en los arrabales, en la penumbra de la marginalidad, igual que el tango o la cueca. La “gente bien” lo despreciaba y las damas encopetadas y los caballeros pintiparados jamás permitían que sus hijos se mezclaran en esas andanzas noctámbulas donde el charanguito tejía y destejía cuitas de amor, o desvelaba al vecindario con sus serenatas de rasgueados alegres y torrenciales. Pero pronto, con sigilo para que nadie se percate, fue ganando terreno y pasó la línea trazada para ponerlo en cuarentena.

El charango no sólo empezó a amenizar las fiestas de la aristocracia criolla y el cholaje blancoide, sino que se fue, nadie sabe colándose de qué manera, entre las valijas de los bolivianos que dejaron su tierra en busca de “mejores horizontes”. Charango andariego. En los años 20 y 30 del siglo pasado, este simpático y empecinado andariego trascendió las fronteras patrias. Un ilustre chuquisaqueño, José Prudencio Bustillos, escribió un libro de viajes, narrando su periplo por el mundo con su charango bajo el brazo.

Los cochabambinos tienen, en Bolivia, la fama de trashumantes empedernidos. Muchos de ellos, como el “Ch’ojñi” López, consumado charanguista cochabambino, lo tocaron en las trincheras de la Guerra del Chaco. Otro cochabambino, el Tarateño Rojas, ya por los años 50, exportó el charango a la Argentina. Los Kjarkas lo hicieron conocer en el Japón, donde empezó a popularizarse gracias al notable talento versátil de los nipones. Julio Lavayén, hijo, conquistó hermosas suecas con su charango.

El “Trica” Donato Espinoza hizo que el charango se codeara con famosas orquestas europeas. Jaime Torres, también en la Argentina, grabó memorables discos de larga duración haciendo dúo con su charango y el eximio pianista Ariel Ramírez. Otros grupos folklóricos bolivianos, como Los Jairas, se encargaron, desde los años 60, de propagar la fiebre “charanguística” por Europa, Estados Unidos y otras regiones del mundo. Y el trotamundos boliviano, como el famoso correcaminos de los dibujos animados, sigue su marcha sin que nadie pueda impedírselo.

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