9 de enero de 2012

CULTURA


Cuentos en el exilio

Ningún título podría ser más preciso y adecuado a estos cuentos —que nacieron en el exilio— que el elegido por su autor. Víctor Montoya los perpetúa como producto de una síntesis de su labor creativa, lejos de su natal Bolivia, para permitirnos celebrar su palabra una vez más. Treinta y un años de estar en una Suecia que lo acogió en una etapa difícil de su vida, marcan las páginas de este singular libro de cuentos. En él se fijan no sólo sus experiencias a partir de su excarcelación, como refugiado político, sino también sus anhelos y, sobre todo, la prodigiosa talla de su fuerza creativa; entonces, sus páginas son mucho más que el testimonio de un exiliado que sufrió la rutina de torturas que lo llevaron al límite del dolor, la angustia y el rencor.

Su cuento “En el país de las maravillas”, sorprende por concentrar en su argumento una réplica que emerge de las sombras del miedo, donde los sicarios pernoctan entre gemidos y salpicaduras de la sangre de sus víctimas, hasta que el suplicio quiebra el silencio del héroe, con los gritos de una mujer que significa mucho para él. Qué cuento más desgarrador éste que, a pesar de todo, tiene un final más afortunado que el resto del volumen.

Nos resulta difícil elegir un cuento que sobresalga de entre los 40 que nos ofrece Víctor Montoya, pues todos llevan el indiscutible toque de su talento, casi siempre con la impronta del dolor, el desasosiego y la violencia, pues hasta la fantasía se hace pesadilla en los sueños de sus protagonistas. Cuando de crear se trata, no es nada fácil hacer una obra de arte endulzando el acíbar de lo vivido; como tampoco es fácil sublimar el horror, como si éste sólo fuera una experiencia pasajera. Vargas Llosa considera que es como practicar un exorcismo. Las heridas del alma difícilmente cicatrizan; en la mayoría de los casos es como decir nunca.

Cuando Javier Claure le preguntó el porqué de sus finales trágicos, Montoya le respondió: “No lo sé, pero estoy convencido de que sería incapaz de escribir una historia que tuviese un final feliz, porque considero que la vida real no siempre es así”. Para entender el periplo estético de estos cuentos, situados en el torrente creativo que los anima, me atrevo a decir que habría que leerlos, si no al azar, empezando por los últimos, porque ahí se suelta la honda imaginativa que, con la argamasa de sus experiencias, resume la secuencia que nos abre a un mundo de palabras difícil de olvidar; mundo que, a pesar de ser violento y despiadado, como el que encontramos en su “Asesinato en invierno”, digo “su” porque nadie sino él, como víctima de persecuciones y vejaciones, pudo concebirlo con todo su trágico patetismo; trágico y sin concesiones, como si hubiera sido arrancado del ámbito creativo de Esquilo o de Eurípides.

Así, estos cuentos se hacen catárticos, para dejarnos meditando en los entramados vericuetos de la vida. Y precisamente es la vida que fluye en estas páginas, ya sea dentro del más puro realismo o, también, en la fantasía que no es muy común en la narrativa boliviana de hoy, pero que en Montoya adquiere un relieve originario, con la sustanciación del mito en su sello popular, como lo apreciamos en “El tigre de Bengala”, “La veleta del diablo”, “Con el Diablo” y “El mago de la botella”, donde hasta los sueños cobran un hálito de realidad.

Por lo general los críticos comienzan a filiar la obra de un autor en relación a sus modelos; desde luego que Víctor Montoya los tiene y hasta nos da a entender cuáles son, cuando Javier Claure, en su “Víctor Montoya, con el fuego en la palabra”, le induce a hablar de la “creación literaria y (el) compromiso”. Podemos afirmar que en estos cuentos en el exilio, Montoya se autentifica, y define como parte de la conciencia crítica de su tiempo y sociedad. No es un escritor político, pero sabe bien lo que tiene que decir. Según nos revela: “el escritor, como cualquier otro individuo, define su compromiso social a partir de su conciencia y de la realidad que le toca vivir”. Es lo que también caracteriza las obras de Octavio Paz, Neruda, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, como lo hacían Brech, Sartre y Bulgakov, y lo siguen haciendo Kundera, Rushdie y Pamuk.

Como ciudadano de un país arrasado por las dictaduras, despojado y explotado por las oligarquías vendidas al imperio capitalista, Montoya no vacila en revelarnos lo que piensa y siente. Ojo, su palabra no es proselitista, tampoco sus obras son de mera recreación. Su objetivo apunta a la conciencia del lector, lo que no quiere decir que procure generar un impacto ideológico o social, desde alguna agrupación política. Montoya es, ante todo, un artista. Y así lo apreciamos en el singular manejo de sus temas, donde el poder de la imagen simplifica su lenguaje; su humanismo se hace vital en el retrato de sus personajes. Sentimiento y poesía se desprenden de su ser sustancial, para trascender más allá de su propia existencia en cada uno de sus cuentos. Su serie de pesadillas, secuencializada del I al III, no son resultado de los sueños fantásticos de Borges, aunque su lenguaje encuadre con lo mejor de ese maestro.

Son auténticas pesadillas provocadas por el hombre, y que Montoya las refleja como “un acto solitario”, donde su escritura no deja de ser “un arma de protesta y denuncia contra las discriminaciones raciales, las injusticias sociales y los poderes de dominación que arremeten contra los derechos humanos”; entonces sí entendemos mejor la temática de este volumen de cuentos, sobre todo de los que, como “Asesinato en invierno”, nos hablan de su nueva vida de exiliado. No sería nada raro que alguien se atreviera decir que Víctor Montoya instrumentaliza la literatura, precisamente porque no cree “en la literatura por la literatura, sino en una literatura cuya función consiste en revelarnos el contexto histórico que nos toca vivir, con todas sus grandezas y miserias”.

Decimos “precisamente”, porque tanto el diseño, como la estructuración desde el lenguaje y el sentimiento que anima los “Cuentos en el exilio”, están por encima de toda limitación que haga de la obra un mero instrumento de denuncia. Es fácil advertir que estos cuentos --como obras de arte-- fueron motivados en una experiencia de vida. Y así brotan y se dan más allá, inclusive, del propósito inicial de su creador. Y no sólo porque él está comprometido y definido en las situaciones que narra, sino por la fuerza imaginativa que singulariza lo que nos revela. Por ejemplo, en sus cuentos “Don Quijote”, “Van Gogh”, “Yo maté al Che”, el testimonio no se repite ni se define como una reminiscencia anecdótica: no, al contrario, el testimonio nace, se siente e intuye, a partir de la animación del relator; de modo que su desenlace, a pesar de salir de la imaginación de su creador, se hace más humano, dinamizado en un imaginario elaborado con singular destreza.






Poetas del siglo XIX
Ricardo José Bustamante (1821-1886)
Adolfo Cáceres Romero

Sin duda alguna este poeta se constituye en una de las cimas del romanticismo boliviano. Nació en La Paz, el 19 de marzo de 1821. Singular vida la suya, que se extinguió en Arequipa el 6 de octubre de 1886. Sintió profundamente las llagas históricas del país, sobre todo con la ocupación chilena de nuestro litoral marítimo.

Huérfano de padre desde su nacimiento, muy joven fue enviado a Buenos Aires para proseguir sus estudios superiores. Allí, junto al malogrado poeta Florencio Balcarce (1818-1839), empezó a escribir sus primeros versos. Cuando en 1839 iba a ingresar en la carrera de Derecho, el despotismo del tirano Rosas hizo que emigrara al Uruguay, en cuya capital continuó su labor literaria, publicando algunos de sus poemas en el periódico “El Nacional”, dirigido por José Rivera Indarte (1814- 1844), poeta argentino de vida azarosa. De ahí partió a Europa, residiendo en París, donde intentó dedicarse a la Arquitectura, pero abandonó esa carrera, ingresando en La Sorbona, donde asistió a las clases de Literatura, Historia y Economía Política, gozando de un ambiente adecuado a su temperamento artístico.

En París asistió a las reuniones de una Sociedad Literaria a la que frecuentaban consagrados escritores hispanos, con quienes trabó amistad, especialmente con Eugenio de Ochoa, Martínez de la Rosa, Donoso Cortés y Escosura; ahí también escribió algunos poemas en francés y colaboró con el sabio viajero Alcide d’Orbigny en su trabajo sobre la naturaleza americana. En tales circunstancias, fue nombrado el primer correspondiente boliviano de la Real Academia de la lengua Española. De su obra poética dice el crítico español Miguel Antonio Caro: “Bustamante se hace notar siempre por la delicadeza de sus sentimientos, por su inspiración feliz y por la galanura de su estilo”; en cambio para Juan Quirós era “rematadamente malo”.

Gracias a su contacto con Gabriel René Moreno tenemos acceso a gran parte de su producción literaria, que puede clasificarse, de acuerdo a sus motivaciones y temas, en los siguientes grupos:

--Poemas de carácter intimista,
donde se destacan sus poemas:
“Despedida de Buenos Aires”, “Grito de
desesperación”, “Armonía fúnebre en la
muerte de mi hija Luisa Justina de la Encarnación”,
de este último veamos el siguiente
fragmento:
Más… ¿qué armónico sonido,
Que al oído
Transmite el alma perpleja,
Mudo mi laúd de duelo
Por unos instantes deja;
Y el consuelo
Difunde en todo mi ser?
¿Qué voces rompen el velo
De mi espíritu sombrío?
¿Son los ángeles del Cielo
Que la entrada
Festejan del ángel mío
En esa feliz morada
Con cánticos de placer?
--Poemas de amor, algunos de
ellos inspirados en Safo y en los poetas españoles
que descubrió a su paso por España,
entre ellos Bécquer y Espronceda;
también admiraba los versos de Víctor
Hugo, sobre todo cuando escribía en francés.
Veamos el siguiente fragmento:
Oh, si en la copa de tu amor aún llena,
Logré sediento refrescar mi labio;
Si ya en tu seno reposó mi frente
Pálida y triste;
Si el dulce aliento respiré de tu alma
Tu voz oyendo repetirme –“te amo”--;
Si el rostro tuyo su calor divino
Dejó en mi rostro;
-Poemas heroicos, entre los que
se destaca la letra del “Himno a La
Paz”; luego su “Canto heroico al 16
de julio”, sus sonetos dedicados a
Pedro Domingo Murillo y al General
José de San Martín”; de este grupo reproducimos
su “Bolivia a la posteridad”,
con el que se adjudicó el premio
del certamen dedicado a perpetuarse
como epitafio en la tumba del Libertador
Simón Bolívar:
De América el Gigante veis dormido.
Dios y la Libertad guardan su lecho.
Dominador del tiempo y del olvido,
Su gloria es grande su sepulcro estrecho;
Y si del mundo hasta el postrer latido
Hay fibra ardiente en el humano pecho,
Se inclinarán hombres ante el hombre
Que me dio vida y me legó su nombre.
--Poemas histórico-míticos,
son narrativos, fruto de sus lecturas durante
su estadía en españa.Los más conocidos
son: “Despedida del árabe a la
judía después de la conquista de Granada”,
“El judío errante y su caballo” y “Pensamiento
en el mar”, inspirado en el viaje de
Colón a la América. Veamos un fragmento
de la despedida del árabe a la
judía cautiva:
¡Regresa a tus hogares, bella hija de Israel!
Te traje de tu tribu para encantar mi
vida;
Mas ya perdió sus galas mi tierra prometida;
No dan sus huertos fruto, ni dan sus bosques miel...
¡Regresa a tus hogares, bella hija de Israel!
--Por último están sus poemas
que cantan su peregrinaje por el territorio
nacional, como su hermoso “Preludio
al Mamoré”, del cual vemos el
siguiente fragmento para cerrar este estudio:
Tú aquí en regiones ignoradas giras
Serpiente nacarada, bajo el cielo,
Palio de lumbre por do tiende el vuelo
La garza colosal;
Río argentado que onduloso ciñes
Vírgenes bosques, o en variadas tintas
Sobre tu espejo con sus nubes pintas
El éter tropical




ADIÓS AL POETA MARIO LARA LÓPEZ
Su cansado corazón dejó de latir al concluir el año 2011, el 29 de diciembre, en la ciudad de Cochabamba. Abogado, poeta, narrador y ensayista, había nacido en Carcaje, provincia Coronel Jordán del departamento de Cochabamba, el 15 de octubre de 1927.

Era sobrino de Jesús Lara. Surgió junto a los poetas de la segunda generación de “Gesta Bárbara”. Fue miembro de la Unión de Poetas y Escritores. Tiene varios trabajos publicados en antologías, periódicos y revistas del país.

A pesar de ser un escritor de abundante producción, su obra se reduce a los siguientes títulos: Amanecer del canto (1966), poemas; Voces fraternales (1979), poemas con retratos dibujados por Ruperto Salvatierra, y Hotel Canadá 50 Ctvs. (1995), relato testimonial en prosa y verso.
 

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